Archivo de Diciembre 2008

…una tierra, pero media.

Diciembre 20, 2008

collage homenaje al maestro y a su tierra media“Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo, Siete para los Señores Enanos en casas de piedra…” Las dos primeras frases que encierran con la perfección geométrica de un anillo, la historia y la profecía del anillo único, hechura del señor oscuro; además de ser lo primero que leemos antes que otra cosa en La comunidad del anillo, e igualmente las primeras imágenes que podemos ver en el largometraje de Peter Jackson. No podíamos hablar de literatura fantástica sin terminar llegando a J. R.. R.. Tolkien, por eso nos detendremos a hablar un poco de uno de sus pueblos, los enanos, en ésta séptima y simbólica entrega. Los enanos son una creación directa de Aüle, e indirecta del mismo Tolkien, como los elfos y los hobbits, cada uno con su propio sino, conferido en el momento de nacer a la luz como razas de bípedos pensantes. Aunque el folklor europeo ya tuviera sus propios elfos y duendes, incluso un anillo de los nibelungos, es él quien retoma estos mitos y figuras volviéndolas literalmente a hacer, cuando sucede la creación de la Tierra Media. Son los elfos los primeros nacidos, que al despertar a la conciencia de su existir bajo la luz de las estrellas, quedan prendados de su tenue luz y por esa razón siempre han mirado al cielo estrellado con tanta dulce melancolía cantándole a Elbereth. También son llamados hijos mayores de Ilúvatar, El Dios único, y ésta sea tal vez la razón que fundamenta su carácter refinado, siempre en busca de lo armónico, propio de los inmortales. Pero el pueblo del que hablamos ahora no es contado entre los Hijos de Ilúvatar aunque él mismo haya terminando confirmando y aceptando su existencia al adoptarlos. Los enanos, creados por la impaciencia en secreto bajo las montañas, son criaturas de un carácter distinto, constantes y orgullosos, manufacturados por Aüle para no dejarse vencer por Melkor el oscuro, otro de los Ainur o semidioses que participan en la sinfonía de la creación; cortos sólo en estatura, a pesar de tener un destino final incierto en el trazado que comienza y termina en Amán, en las grandes cámaras de Valinor, lugar donde viven los dioses, juegan un papel importante en las historias de la Tierra Media, y llegan a desarrollarse y construir vastas estructuras y preciosas artesanías y joyas, parecidos en su dominio de lo material y de la sustancia, a Aüle, uno de los más poderosos Valar, señor de las artes y esposo de Yavanna. Físicamente no son inmortales como los elfos pero si longevos como pocos hombres, llegando a vivir 250 años en promedio. Ya el simple hecho de imaginar como son elaborados por Aüle es fantástico, y aunque esa escena no es muy clara en los escritos de Tolkien si hay muchas otras donde su participación es decisiva. Tras su creación los primeros siete padres durmieron hasta el despertar de los elfos, y a partir de ahí el pueblo de los enanos siempre conservó esa división en siete pueblos. Hubo un tiempo donde tuvieron su propio esplendor pero su número menguó a lo largo de las Edades, forma en la que se contabiliza el paso del tiempo en eras sobre la Tierra Media; resistentes como la piedra, robustos, al quedar bajo la tutela de Iluvatar son justos por naturaleza y honestos, pero reservados y a veces un poco hoscos. Diestros con las hachas, aunque no son demasiado amistosos con otras razas, tampoco son violentos si no hay injusticia, pero por lo general prefieren no entrometerse ni que otros se entrometan. Desde luego tienen su propia lengua y sus propios estilos en las artes. Se sabe que sus juguetes, como todas sus creaciones eran elaborados con una destreza sin igual. Con sus construcciones lograron proezas tales que incluso desafiaron a la naturaleza que dominaban, como en el abismo de Moria, donde despertaron al demonio, pero ya hablaremos de eso después. Encontrarán todo ésto en el Silmarillion publicado por su hijo, o en la guía completa de la Tierra Media de Robert Foster, o bien si leen desde el hobbit, como sea, acercarse a Tolkien es acercarse a la crema y nata de la literatura fantástica, yo creo que uno de los más completos para hablar de la dama fantasía, y sin duda uno de mis favoritos de siempre, con seguridad el más grande, sentido por nuestro círculo casi como un abuelo, léanlo cuando puedan.

un fragmento de la tierra en el cielo

Diciembre 20, 2008
imágen compuesta de varias fuentes gracias a todos foto de Byllie Cutchen

imágen compuesta de varias fuentes gracias a todos foto de Byllie Cutchen

Arthur C. Clarke era hasta éste año uno de los autores de ciencia ficción vivos de mayor importancia mundialmente, pero precisamente éste año se nos adelantó, sin duda otro de los grandes que nos dejan, todavía recuerdo el día que dejó su cuerpo en la tierra, pero no nos pongamos tristes, de hecho cuando escribí esto aún no nos había dejado, precisamente unos días antes, por ahí del 5 de Marzo, en fin, su espíritu seguro está en algún lugar mejor del infinito….

Clarke, como lo hizo Asimov en su momento, aporta una base más sólida, más cercana a la realidad. Algunos de sus planteamientos siguen resistentes al paso de los años, y tal vez muchos logren incluso perpetuarse, desde el estricto punto de vista científico, que es raíz y tronco de sus historias. Hasta sus licencias poéticas son menos caducas. Con todo, la literatura de cualquier clase siempre tomará lugar en el imaginario, territorio donde la fantasía es la reina. Clarke es conocido sobre todo por su novela y guión de la película de Kubrick, Odisea 2001, y desde luego, toda la secuela. Una de sus novelas no tan populares y de las primeras, es Claro de Tierra, en referencia al “claro de luna”, pero ahora en un curioso sentido invertido, pues es desde la luna donde puede apreciarse a la tierra, esa gran canica azul, iluminada por el sol y suspendida en el firmamento oscuro. Aunque sus personajes prácticamente no se repiten  o conectan de una novela a otra, por lo regular nos quedamos con la impresión de que todas ocurren en lugares o bajo circunstancias muy similares. En claro de tierra ya somos capaces, la humanidad pues, de establecer una colonia en la luna; y no sólo en nuestro blanco satélite, también en otros planetas de hecho. A diferencia de otros como Simmons que nos mantiene al borde sin importarle mucho la dosis de violencia que la historia necesite, Clarke, con más sutileza, nos remonta sólo con la amenaza, sin tener que incurrir tempranamente al hecho mismo para apabullarnos, incluso a pesar de tener su momento más álgido cuando está a punto de desatarse una guerra de proporciones serias, desde luego guardadas las distancias con nuestras más avanzadas y mortíferas armas actuales, entre la tierra y la federación, que está formada por todos aquellos hombres que viven y han nacido en otro planeta. El protagonista es un contador y no un aventurero de acción, quien es enviado como un agente encubierto para ver que tanto puede averiguar del espionaje al interior de esta base. A Sadler (el apellido de nuestro protagonista) no parece agradarle mucho en un principio su misión ni aún cuando significa que tendrá el privilegio de vivir y consumir su parte de los recursos disponibles en el interior de esa fantástica, y por demás común esfera, pues a pesar de lo difícil que resulta mantenerla, en su interior existe todo lo necesario para que sea posible un estilo de vida lo más parecido a la vieja tierra. Llega encubierto en su misma profesión, si así cabe decirlo pues además así resulta más natural su intromisión, y habita por un tiempo esa elitista ciudad que la tierra se ha construido inmediatamente fuera de ella. Ya ustedes verán qué es capaz de averiguar, pues como siempre, el rumor es el mismo por el que empiezan todas las guerras, la ambición; se maneja que de verdad existen yacimientos de metales pesados en el subsuelo lunar, y esto resulta vital hablando en términos de recursos, sobre todo para una federación hambrienta de los mismos; a pesar de todo la tierra sigue siendo un planeta afortunado, casi privilegiado al contar con tantos depósitos que a la postre fueron los mismos que posibilitaron su desarrollo. Parece que resulta lo mejor para el lector común que el protagonista sea un contador pues de ésta forma las cosas las podemos ver a través de un de un filtro, que nos es más asequible, más familiar. Ya veremos más de éste autor, interesante más allá de sus vaticinios inmediatos, ya pasó el año 2001, y cada vez estamos más cerca del 2010, y el tiempo vuela y ya vendrá un 2031…